Biografía de Andrés Lewin
 
Ahora que, coincidiendo con su sexagésimo cumpleaños, se va a editar un disco con los grandes éxitos del bien conservado Andrés Lewin, considero imprescindible que una breve reseña biográfica sirva de introducción y guía, a las nuevas generaciones que, por primera vez, se acercan, embelesadas e ignorantes, a la obra de este clásico de la canción centroeuropea y, cómo no, universal.

En la oscuridad, la cálida lumbre daba, a la humilde choza, el aspecto de una solitaria vela, suplicante, en la profundidad nocturna de una Moravia recién liberada de la ocupación nazi. En el salón, familiares y amigos circundaban, consternados, al párroco Milos, que, negando con la cabeza, observaba los torpes gateos del reciente Andrés Lewin. La tradición no fallaba nunca. Por tres veces consecutivas, el pequeño, situado equidistante entre la cuna rosa y la azul, había elegido, sin titubear un instante, la primera de ellas. El padre Milos se hundió en un suspiro, del que, tras una cavilante pausa, emergió, encogiendose de hombros y resopló su diagnostico "Nada se puede hacer, el niño es errado". Cualquier queja que pudiera albergar el corazón de los familiares quedó ahogada por el carisma y prestigio del cura, que, por otra parte, se había destacado como colaboracionista en la reciente ocupación. Nada podían hacer los padres, campesinos humildes, sino acatar, en este asunto como en todos, la voluntad de Dios. "Que sea artista, no hay otra opción" terminó de dictaminar Milos, dicho lo cual, salió a la noche y se perdió en ella, sin mirar atrás y sin ser consciente de que acababa de trazar, con un despreocupado ademán de su enjoyada mano, el futuro de uno de los artistas más prolíficos y personales de la historia de su céntrica nación.

Las brutales clases de violín empezaron dos años después, pero ya no se interrumpirían en mucho tiempo, y continuarían hasta bien entrada la adolescencia. Para Andrés Lewin, dotado de una especial emotividad, son años de sentimientos encontrados. En la esfera íntima de su psique, colisionan, por un lado, la gratitud hacia una familia que realiza inimaginables economías para ofrecerle una educación musical, y por otra, el rechazo hacia un destino impuesto, con el sentimiento de culpa resultante. En la esfera pública, la tensión se da entre la admiración que, por su precoz talento, le rinden los vecinos del pueblo, que contrasta con la violencia del cencerro que le obligan a llevar durante quince años, eterno recuerdo de su condición de ciudadano de segunda.

Agobiado por tantas presiones, como a tantos otros jóvenes de su generación, Andrés encuentra, en la huida a Praga, el único alivio a su situación. En la capital, libre de las imposiciones de la estrecha mentalidad pueblerina, Andrés decide, como una forma de emancipación más, abandonar la música. Así, los años siguientes, malvive, cubierto de parásitos, en una buhardilla que sus amigos de entonces describen como "caótica y desordenada, con un váter inimaginable" y sobrevive con esporádicos trabajos hasta que consigue un puesto fijo como profesor de francés en un instituto local. Sin embargo, Praga no es la ciudad tolerante que siempre había imaginado, y si bien no le recuerdan constantemente su ostentosa inversión, ha de ser muy discreto.

Como consecuencia lógica, es en esta etapa cuando se forja su personalidad militante y su ideología progresista. Así, culpando de sus desgracias personales a la superstición y el conservadurismo propios de un país atrasado, se afilia al Partido Comunista en 1964. Formando parte, no obstante, del sector reformista que, una vez llegado al poder en 1968, impulsa la revolución conocida como la Primavera de Praga. Este paréntesis de libertad marcará una indeleble huella en Andrés Lewin, para quien esa efervescencia social implica, entre otras cosas, follar como un loco, por fin follar como un loco, en un lecho de flores y sobrevolado por mariposas exóticas.

La restauración del viejo orden, bajo la antiestética pero bien fabricada bota soviética, vuelve a colocar a nuestro checo del lado de los marginados. Ha llegado el oscuro momento de las purgas. Se le exige una autocrítica pública y "que viva como un hombre, por el amor de Dios". Abatido y aislado, Andrés incluso intentará esta última exigencia, casándose con una compañera suya, profesora de latín. Sin embargo el contacto sexual con el sexo opuesto es algo que no puede soportar "Como arrojarme desnudo en un cajón de gambas" es su manera de describirlo. Aceptándose, una vez mas, como irreformable, parte, tres días después del precipitado divorcio, hacia el exilio francés.

Y precisamente entonces se da el punto de inflexión, en aquel preciso momento, cuando su tierra se aleja de él, desprendiéndose velozmente del último vagón de tren, es cuando Andrés empieza a reconciliarse con su infancia y, por suerte para nosotros, con la música. Imbuido de la lírica del momento, saca su viejo violín, del que nunca se había decidido a desprenderse, y empieza a tocar una furiosa rapsoda. Es algo emocionante, y sólo consigue interrumpirlo Milan Kundera, que, también de camino hacia el exilio, dice no estar para músicas, haciendo astillas el violín sobre la nariz de nuestro amigo, que, hombre de probado valor, excepto para todo lo que implique riesgo, entregará los datos de su agresor a la policía política.

En 1974 Andrés es ya una pequeña estrella en los círculos de la bohemia parisina. Pero será en España donde realmente se convierta en leyenda, pues es aquí donde hará un descubrimiento que define como "algo así como un enorme violín, pero mejor". Se refiere a la guitarra, que será, desde ese día y para siempre, su definitiva herramienta de creación. La muerte de Franco, unos meses después, le proporcionaría el clima de frágil libertad que parece ser el más fértil para su música. De hecho, su hit de la época "Pomelos", toca esta temática de lleno y consigue plasmar, en uno de esos raros y preciosos momentos que nos hacen amar la música, las ansias de democracia de toda una generación.

Sin embargo su estela no podía ascender eternamente y su figura, tan ligada a los movimientos emancipatorios, decae, junto con ellos, en la década de los ochenta. Son años de reacción y decadencia, recesión y mal gusto, Reagan y Thatcher. Andrés Lewin cae en una espiral de obesidad y liposucciones. Ninguna discográfica está dispuesta a firmar contratos con una persona cuyo peso fluctúa entre un 40 y un 50% durante una grabación, convirtiendo su voz en un absurdo ingobernable.

A finales de la década, la caída del muro de Berlín le permite retornar a su país, donde es recibido como un héroe. Su pueblo natal le nombra hijo predilecto, pese a lo cual, insisten en volver a hacerle llevar un cencerro. Como pasa con tantas otras estrellas, el reconocimiento de los suyos parecía cerrar el ciclo vital de Andrés Lewin.

Sin embargo, el viejo zorro checo todavía daría de que hablar. Y mucho. En el 2001 se encierra en un piso desordenado y caótico, (una vez mas, cubierto por los parásitos), de Ostrava y trabaja febrilmente. Demostrando la eterna capacidad de renovación que le permite aparentar eternamente veinticinco años. El resultado de su labor ya lo conocen: "Si no fuera infecto", el disco más influyente en lo que ha venido en llamarse nueva canción centroeuropea, tan popular entre las nuevas generaciones de jóvenes contestatarios, nacidos al calor de las luchas (si, una vez más las luchas) por la paz y la justicia globales.

Jóvenes que lo podrán descubrir, (junto a otros, más veteranos, que nos reencontraremos con su música), ahora que, dentro de su tour europeo, Andrés regresa a su querida, queridísima España, que le debe tanto y a la que tanto debe, y que, posiblemente, nunca le abandonó.

Enrique Rodríguez Garrett es periodista musical y ha publicado dos biografías de Andrés Lewin, además de numerosos artículos sobre moda y tendencias.

Por Jesús Sarabia